El barbas
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En el bar de siempre, ese donde las servilletas tienen más historia que los libros de texto y la cafetera suena como si estuviera narrando una revolución pendiente, ocurrió un hallazgo digno de estudio sociológico… o de barra de bar, que viene siendo lo mismo pero con más espuma.
Tres hombres compartían mesa.
Uno, con barba épica, de esas que podrían albergar un ecosistema propio o al menos esconder un programa electoral entero sin que nadie lo encuentre. Otro, vestido con traje tradicional asturiano, impecable, como recién salido de una fiesta patronal donde la sidra corre más que los rumores. Y el tercero… bueno, el tercero era un señor que parecía haber llegado ahí por error administrativo.
Nadie sabía quién era.
—Ese hombre me suena —dijo el camarero, secando un vaso con la misma desgana con la que uno seca promesas electorales—, pero no caigo.
El barbudo asentía, como si reflexionara profundamente sobre el precio del pan… o sobre si pedir otra ronda.
El asturiano escanciaba sidra con precisión quirúrgica, ignorando la situación con la elegancia de quien ha visto cosas peores en una sobremesa familiar.
Y el desconocido, con su gesto entre serio y confundido, miraba alrededor como quien espera que alguien le dé instrucciones… o un plasma.
—Igual es un actor —aventuró alguien desde el fondo.
—O peor —respondió otro—, igual es un ex algo.
El misterio crecía. Porque no es fácil no ser nadie en un país donde todo el mundo ha sido algo en algún momento, aunque solo sea experto en tertulias.
El hombre pidió una cerveza. Dudó antes de hablar. Parecía que iba a decir algo importante, pero al final se limitó a comentar el tiempo. Un clásico. El refugio de quienes han dicho demasiado o no han dicho nada nunca.
Mientras tanto, el barbudo contaba una anécdota interminable que no llevaba a ninguna parte, pero que todos escuchaban como si tuviera sentido. El asturiano brindaba cada dos minutos, porque si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?
Y el desconocido… bueno, el desconocido seguía ahí, como una nota al pie de página que nadie se molesta en leer pero que, curiosamente, sostiene todo el texto.
Al final, nadie resolvió el enigma. Pagaron (más o menos), se levantaron, y cada uno siguió su camino.
El camarero, mientras recogía, murmuró:
—Pues oye… igual mejor no saberlo.
Y quizá tenía razón. Porque hay identidades que, cuando se explican, pierden toda la gracia.
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